PAPA FRANCISCO

LOS RETOS DE LLAMARSE FRANCISCO

 

FRANCISCO 2

Para los pueblos antiguos, el nombre no era simplemente el apelativo con el que una persona se podía distinguir de otra, sino también y de manera muy especial, aquello que la persona era o debería llegar a ser; los valores que debía encarnar, la misión que debía desarrollar en el mundo, la esencia propia de su ser particular, su mismidad.

Cuando Moisés vio a Dios en la zarza ardiente, y recibió de Él la misión de liberar al pueblo de Israel de la esclavitud a la que era sometido en Egipto, le preguntó cómo debía identificarlo delante de los israelitas, cuál era su nombre, el apelativo con el que debía ser reconocido e invocado, y Dios le respondió simplemente “Yo soy el que soy”, o “Yo soy el que es” (cf. Éxodo 3, 1-15), es decir, Aquel que existe por sí mismo, Aquel de quien se deriva o procede la existencia de todo lo demás. Esto es lo que significa la palabra “Yahvé”, el nombre que la Biblia da a Dios.

Algo semejante ocurrió con Jesús. Cuando José recibió en sueños el anuncio del embarazo de María, y quién era el hijo que ella esperaba, el ángel le dijo que debía llamarlo “Jesús”, que significa “Dios salva”, porque su misión era “salvar a Israel de sus pecados” (cf. Mateo 1, 18-21).

Que el nuevo pastor de la Iglesia, al cambiar su nombre de pila, – como ha sido costumbre para quien asume el lugar de Pedro -, haya elegido llamarse FRANCISCO, es – por las personas que evoca -, un hecho de enorme significación y trascendencia para la Iglesia y para el mundo, en este tiempo tan especial que vivimos.

FRANCISCO DE ASÍS ha sido reconocido como la persona que en el mundo ha vivido una existencia más cercana al Evangelio propuesto por Jesús, por su desprendimiento absoluto y radical de los bienes materiales, su amor y su servicio a los más pobres, su espíritu alegre, su amor por la naturaleza en la que veía reflejada la bondad y la belleza de Dios, su deseo infinito de paz y de bien, su sencillez y su humildad, y su entrega a la Iglesia, a la que Jesús mismo le pidió “reconstruir”, en la visión de san Damián.

FRANCISCO JAVIER, por su parte, fue uno de los primeros compañeros de Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, y también, el primer misionero de esta nueva comunidad, constituída como un “ejército” espiritual al servicio de la Iglesia, en busca de la mayor gloria de Dios, a lo largo y ancho del mundo. Amigo personal de san Ignacio, fue enviado por éste como misionero a la India, el Japón y la China, para cumplir con el pedido del rey Juan III de Portugal, con la aprobación directa del Papa de entonces Pablo III.

Las palabras que del Papa Francisco hemos escuchado, los gestos que hemos visto, las historias que quienes lo conocen han contado, son sin duda un presagio de un pontificado marcado por la austeridad, la sencillez y la cercanía, la humildad y la misericordia, la defensa de los más pobres y necesitados, y la proclamación permanente y clara de la verdad de Dios y del ser humano como hijo suyo.

El Papa Francisco quiere ser para la Iglesia y para el mundo, un verdadero Pastor; un Pastor a la manera de Jesús, el Buen Pastor, a quien ama y sigue con profundo fervor y absoluto convencimiento.

Oremos por él, como él mismo nos lo pidió. Roguemos a Dios que lo fortalezca y lo guíe, en el cumplimiento de esta ardua tarea que le ha confiado. Que su voz sea escuchada en todos los lugares de la tierra. Que sus palabras sabias comuniquen al mundo la verdad de un Dios que nos ama con infinita ternura, y quiere siempre lo mejor para nosotros. Que sus gestos sencillos y su vida austera inspiren a nuestra sociedad y a cada uno de nosotros, una nueva manera de ser y de vivir. Que la bondad que asoma a su rostro conquiste los corazones de todos cuantos lo vean. Que sus acciones y determinaciones hagan presente de nuevo en el mundo, la Buena Noticia de la Salvación que Dios nos ha regalado en Jesús, su Hijo amado.

 “Nuestra vida es un camino…

Caminemos siempre en presencia del Señor,

en la luz del Señor,

buscando vivir de modo irreprensible,

como Dios pide a Abrahán en su promesa”

 Papa Francisco

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