SANAR EL CORAZÓN

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Hablar del sufrimiento, en un mundo como el nuestro, y en nuestro tiempo, puede parecer “llover sobre mojado”, decir lo que todos ya saben, lo que sentimos en nuestra propia carne; lo que todos lamentamos y quisiéramos olvidar, aunque fuera sólo por un momento. Se ve inútil, repetitivo, masoquista – tal vez –, y sin embargo, es útil, necesario, urgente, porque el sufrimiento, cualquiera que sea, pero de un modo particular aquel que nace de la injusticia y de la violencia, afecta nuestra vida personal en su más profunda intimidad y afecta también nuestra convivencia con los demás, de manera grave, y puede llegar a ponernos en situaciones bien difíciles, que es preciso, primero identificar, y luego aceptar, entender, aprender a manejar, y llegar a superar, si queremos tener paz interior; si queremos llevar nuestra vida a su plenitud y construir una sociedad nueva y justa para todos.

El sufrimiento físico y espiritual, es un misterio; un misterio que nos toca profundamente, que nos hiere de mil maneras distintas, en el cuerpo y en el alma; un misterio que nos envuelve sin que sepamos claramente por qué ni cómo; un misterio que tenemos que aceptar, porque es ineludible para todos; nadie puede escapar al sufrimiento por muy intensamente que lo desee y por mucho que luche para conseguirlo.

El sufrimiento físico y espiritual, es un misterio que tenemos que asumir porque está íntimamente unido a nuestra condición humana, que es débil y limitada, y fue herida de muerte por el pecado; un misterio que tenemos que “conocer” y “entender” en la medida de lo posible, para poder enfrentarlo con valor y dignidad, sin angustias ni rebeldías que nos desgastan interior y exteriormente.

El sufrimiento es un misterio que tenemos que aprender a mirar a la cara para que no nos precipite en el abismo de la desesperanza; un misterio que tiene que ayudarnos a crecer interiormente, a ser más humanos y por ende más dignos hijos de Dios.

Entender el sufrimiento, comprenderlo en lo que él es, conocer cuál es su origen, dónde nace, por qué existe, cómo se comporta, cómo afecta nuestra vida, qué sentido podemos darle, qué valor tiene, es el comienzo de la salud del alma, de la sanación del corazón y de la vida entera, y ésta lo es, a su vez, de la paz interior que todos necesitamos y buscamos.

Un corazón sano, sin heridas profundas y sangrantes, sin cicatrices dolorosas, es principio, fundamento de la paz interior del individuo y de su equilibrio emocional, que regula y orienta sus relaciones consigo mismo y también sus relaciones con los demás, y con Dios.

Muchos corazones sanos, sin heridas que sangren, sin cicatrices que se inflamen una y otra vez, hacen comunidades pacíficas, solidarias, integradas, maduras, capaces de solucionar sus problemas y de enfrentar todas sus diferencias, sin acudir a la violencia que destruye todo lo que toca; comunidades capaces de ir más allá de ellas mismas y de los hechos de su historia, de encontrar nuevos rumbos y de establecer nuevos propósitos…

 

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