HACIENDO CAMINO

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La vida cristiana es, sin lugar a dudas, exigente. El Evangelio de Jesús es exigente. Nos piden mantenernos alerta; tomar conciencia de cada palabra que decimos, de cada actitud que adoptamos, de cada acción que realizamos; estar dispuestos a trabajar sin descanso, si queremos vivirlo a plenitud, como tiene que ser, como estamos llamados a ser: “Sean perfectos como es perfecto su Padre Celestial” (Mateo 5, 48).

La tarea no es fácil. El mundo en el que vivimos, la sociedad de la cual formamos parte, tratan de conducirnos por otros caminos, de llevarnos a otros lugares, de hacer apetecibles para nosotros, objetos y valores bien distintos a lo que proclamó Jesús con su palabra y con su vida, a lo que nos enseña la Iglesia con la autoridad que él mismo le confirió.

En este sentido, podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que ser cristiano de verdad, creyente y practicante, en el mundo actual, es estar dispuesto a enfrentar gran cantidad de situaciones difíciles y problemas de todo orden; estar dispuesto a no ser tenido en cuenta, a ser rechazado y excluido, a ser vilipendiado y en muchos casos descalificado. Es ser capaz de nadar contra la corriente; capaz de tomar decisiones radicales y dolorosas en ciertos momentos y circunstancias, sin temor a lo que pueda pasar; capaz de marginarse voluntariamente de determinados ambientes, en fin.

Por esto, precisamente, quienes estamos convencidos de nuestra fe – lo que creemos y lo que ese creer nos pide -; los que queremos vivir nuestra fe a plenitud, con todo lo que ella implica; los que sentimos en el corazón la constante llamada del Señor a una vida cada vez más conforme con su Voluntad de amor y de misericordia, tenemos la necesidad urgente e inaplazable, de buscar todo lo que pueda ayudarnos a profundizar nuestro ser de cristianos, y a mantenernos en actitud de conversión, abiertos y dispuestos a hacer realidad en cada momento de nuestra vida, todo lo que Jesús hizo y dijo, cada uno según sus circunstancias particulares. Las enseñanzas de Jesús son posibles para todos nosotros, y se constituyen en el único camino absolutamente idóneo para alcanzar la plenitud de la vida humana, tal como la “imaginó” Dios, como la “pensó” Dios al crearnos.

El libro que tienes en tus manos fue concebido en este sentido. Su objetivo central es constituir una ayuda para aquellas personas que desean crecer espiritualmente, haciéndose cada día más concientes de su ser y de su obrar cristianos. Una ayuda que busca ante todo, hacer pensar en algunos temas fundamentales, que la prisa de la vida que nos impone nuestro tiempo, nos hace pasar de largo. Una ayuda, una motivación y un apoyo.

No es un libro para leer de corrido. Se puede leer cada artículo independientemente de los demás, porque no tiene una continuidad establecida; incluso, se puede leer en desorden, de acuerdo con los intereses y las necesidades personales.

No es un libro para leer una vez y luego guardarlo en la biblioteca. Es un libro para mantener a la mano, de modo que se pueda recurrir a él fácilmente en distintas circunstancias y momentos. Puede servir para hacer oración, para examinar la conciencia, para revisar la vida, para ayudar a tomar una determinación, para encender una luz en un momento difícil, para profundizar una idea, para obtener un conocimiento, en fin. Cada cual le puede dar el uso que le parezca más conveniente, o más adaptado a su propia situación y a sus circunstancias particulares.

No es un libro exhaustivo. No pretende, ni mucho menos, agotar los temas que trata. Es sólo un abrebocas, una motivación, un punto de partida, una insinuación, una llamada de atención.

Nació de mi propia experiencia espiritual, pero no quiere ser, de ninguna manera, ejemplarizante. Lejos de mí tal pretensión. Es sólo que muy dentro de mí siento la necesidad de “hacer eco” del paso de Dios por mi vida. Los dones que Dios nos comunica son para compartirlos; estoy completamente segura de eso.

Con toda humildad espero que te interese y que te ayude en tu vida de fe.

Matilde Eugenia Pérez Tamayo