COMO INCIENSO EN TU PRESENCIA

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Quienes sentimos en nuestro corazón la realidad de Dios y su presencia amorosa que nos llama, respondemos a esa llamada con la oración.

La oración nace de la fe, y es un encuentro misterioso y profundo entre Dios y el hombre; un encuentro en el que los hombres tomamos conciencia de nuestra condición de criaturas y experimentamos la necesidad de la ayuda y la fuerza de Dios, porque somos incapaces de alcanzar por nosotros mismos, la plenitud de nuestra existencia y de nuestra esperanza.

En la oración nuestra vida espiritual crece, madura y se fortalece.

Orar no es esencialmente difícil, como no lo es hablar con un amigo a quien amamos. Basta hacer silencio en el corazón y abrir sus puertas a Dios, para entablar con él un diálogo sincero y afectuoso, de sentimientos, de palabras y de silencios; un diálogo en el que se escucha y se responde; un diálogo que compromete la vida misma; un diálogo de amor.

Jesús nos enseñó a orar con su palabra y con su ejemplo. En muchas ocasiones, nos dicen los evangelios, pasaba la noche en oración. Así ahondaba su fe y su confianza en el Padre que lo amaba, y fortalecía su espíritu para realizar en su vida la Voluntad de Dios, que era su gran propósito…