LA GLOBALIZACIÓN DE LA INDIFERENCIA

LAMPEDUSA 18

El lunes 8 de Julio, el Papa Francisco realizó su primer viaje apostólico. Fue a la pequeña isla de LAMPEDUSA, en el Mar Mediterráneo, muy cerca a la costa africana. Quería saludar personalmente a los refugiados que habían logrado llegar hasta este lugar, huyendo de su patria en busca de una vida mejor, y orar por quienes han perdido la vida en estas circunstancias (se estima que han sido unas 25.000 personas en 20 años). Según sus propias palabras, había quedado muy impresionado al leer en uno de los periódicos de Roma, la noticia del reciente naufragio de una de las muchas pequeñas embarcaciones, que no logran llegar a las costas europeas, cargadas de inmigrantes indocumentados, que huyen de la pobreza.

Como parte del programa, que se desarrolló con mucha sencillez y un profundo sentimiento de solidaridad y compasión, el Papa Francisco tuvo un encuentro con algunos de los refugiados, muchos de ellos de religión musulmana, con quienes se comunicó personalmente, con la ayuda de un intérprete; además, lanzó al mar una corona de flores, en homenaje a las víctimas.

Luego celebró una Eucaristía penitencial, pidiendo perdón a Dios y a los africanos por la indiferencia del mundo, frente a esta dolorosa situación.

Un dato aparentemente anecdótico, pero en realidad de gran significación, fue que tanto el báculo que el Papa usó en esta ocasión, como el cáliz y la patena que se emplearon en la Eucaristía, fueron elaborados por un artesano del lugar, con trozos de madera de las embarcaciones que no llegaron a puerto con sus ocupantes.

En la homilía de la Misa, el Papa hizo un fuerte llamado al mundo entero, en el cual estamos incluidos, por supuesto, cada uno de nosotros, para que abandonemos la indiferencia y el egoísmo en los que solemos vivir, y tomemos conciencia de todas las situaciones de injusticia que agobian a muchas personas, aquí y allá, conduciéndolas incluso a la muerte, sin que, en general, hagamos nada por evitarlo.

Dijo el Papa Francisco:

Muchos de nosotros, también yo me incluyo, estamos desorientados, ya no estamos atentos al mundo en que vivimos, no cuidamos, no custodiamos lo que Dios ha creado para todos y ya no somos capaces ni siquiera de custodiarnos unos a otros.

He escuchado recientemente a uno de estos hermanos. Antes de llegar aquí han pasado por las manos de los traficantes… Esa gente que hace de la pobreza de los demás su propia fuente de ganancia. ¡Cuánto han sufrido… y algunos no han logrado llegar!

¿Quién es el responsable de la sangre de estos hermanos y hermanas? ¡Nadie! Todos nosotros respondemos así: no soy yo, yo no tengo nada que ver, serán otros… Pero Dios pregunta a cada uno de nosotros: “¿Dónde está la sangre de tu hermano que grita hasta mí?”

La cultura del bienestar, que nos lleva a pensar en nosotros mismos, nos vuelve insensibles a los gritos de los demás, nos hace vivir en pompas de jabón, que son bellas, pero no son nada, son la ilusión de lo fútil, de lo provisorio…

En este mundo de la globalización hemos caído en la globalización de la indiferencia. ¡Nos hemos habituado al sufrimiento del otro, no nos concierne, no nos interesa, no es un asunto nuestro! ¿Quién de nosotros ha llorado por este hecho y por hechos como éste?…

Pidamos al Señor que borre lo que queda de Herodes también en nuestro corazón; pidamos al Señor la gracia de llorar sobre nuestra indiferencia, sobre la crueldad que hay en el mundo, en nosotros, también en aquellos que en el anonimato toman decisiones socio-económicas que abren el camino a dramas como este.

Señor, en esta Liturgia, que es una Liturgia de penitencia, pedimos perdón por la indiferencia hacia tantos hermanos y hermanas. Te pedimos, Padre, perdón por quien se ha acomodado, se ha encerrado en su propio bienestar que lleva a la anestesia del corazón; te pedimos perdón por aquellos que con sus decisiones a nivel mundial han creado situaciones que conducen a estos dramas. ¡Perdón Señor!

Puede ser que nosotros – tú y yo – estemos lejos de dramas como este de los inmigrantes africanos, pero no somos ajenos al desplazamiento de millones de campesinos en nuestro país, a causa de la violencia, y al desplazamiento intraurbano de familias enteras que tienen que salir de sus casas, para otros barrios, amenazadas por la delincuencia. Su situación también exige nuestra compasión profunda y nuestra ayuda efectiva.

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