¿CONVERTIRME?… ¿DE QUÉ?…

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Todos tenemos algo de qué convertirnos. Todos tenemos algo, mucho o poco, que debemos cambiar en nuestra manera de ser y en nuestra manera de actuar, en nuestras actitudes y en nuestras acciones.

Pero debemos hacer un alto en el camino, tomarnos un tiempo – el Tiempo de Cuaresma es especialmente apropiado -, y mirarnos por dentro para descubrirlo.  Porque es dentro de nosotros mismos, en nuestro propio corazón, donde se gestan nuestros actos buenos y malos. 

En nuestro corazón están las raíces del egoísmo que nos hace sentirnos el centro del mundo y pensar primero en nosotros mismos que en los demás; las raíces de las  injusticias que cometemos y hacen daño a las personas con quienes convivimos; las raíces de la envidia que ensucia nuestros pensamientos y nuestras relaciones.

En nuestro corazón están las raíces del orgullo y la vanidad que nos hacen sentir mejores que quienes viven a nuestro lado y merecedores de honores y regalos; las raíces de  las incoherencias que nos llevan a pensar, hablar y actuar de manera distinta y contradictoria; las raíces de nuestras impurezas y de nuestras hipocresías.

En nuestro corazón están las raíces de las mentiras que decimos, de las murmuraciones, los juicios y las condenas sobre la conducta de esta o aquella persona.

En nuestro corazón están las raíces de nuestra falta de fe, de nuestra falta de amor, de nuestra incapacidad para compadecernos del dolor de quienes sufren, y de perdonar de verdad las ofensas recibidas; las raíces de nuestra desesperanza.

En nuestro corazón – en el de cada uno -, están las raíces de nuestros pensamientos, palabras y acciones violentos, de nuestras impaciencias, de nuestros pensamientos impuros, de nuestras omisiones.

Pero Dios que nos creó, nos conoce y nos ama como somos y nos  da la fuerza que necesitamos para cambiar, si así nos lo proponemos. Lo importante es que estemos decididos a trabajar para conseguirlo, y empeñemos toda nuestra voluntad en ello.

La conversión es un proceso, un largo camino que hay que recorrer, pero cuando uno empieza a transitar por él con decisión y valentía, nota inmediatamente la presencia constante de Jesús a su lado.

“En nuestros días, muchos están prontos a “rasgarse las vestiduras”

ante escándalos e injusticias –naturalmente cometidos por otros–

pero pocos parecen disponibles a actuar sobre el propio “corazón”,

sobre la propia consciencia y sobre las propias intenciones,

dejando que el Señor transforme, renueve y convierta”.

Benedicto XVI

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