CARTA ABIERTA AL PAPA FRANCISCO

LAMPEUSA 16

Santo Padre Francisco:

Cuando el 13 de marzo asomaste sonriente al balcón de la Catedral de San Pedro, para saludar y bendecir a la multitud allí reunida, un rayo de luz resplandeciente, entró en la Iglesia para hermosearla y revitalizarla, y en el mundo, para iluminar sus oscuridades de pecado y de muerte.

Gracias Papa Francisco, por haber escogido llamarte con un nombre que tiene tanta resonancia en el corazón de muchos hombres y mujeres que amamos la vida sencilla, y en el de otros más que trabajan intensamente en favor de la justicia y de la paz.

Gracias Papa Francisco por tu mirada limpia y cálida, tu rostro sonriente y tus manos siempre abiertas para acoger y bendecir; nos hablan de tu profunda armonía interior, de la fuerza de tu fe, y de tu disposición permanente para mostrarnos el amor infinito con el que Dios nos ama.

Gracias por tus palabras sencillas y profundas a la vez. Nos hacen caer en cuenta de lo que es realmente importante, nos muestran el camino que conduce a Dios, y nos motivan a seguirlo con valentía y decisión, aunque muchas veces ello signifique, como tú mismo nos lo dices, ir contra la corriente del mundo que nos llama con insistencia a buscar otras cosas, a seguir otras huellas.

Gracias por tus gestos de acogida paternal a los niños y a los jóvenes, promesa de un mañana mejor para todos.

Gracias por tu amor a los pobres, a los que no tienen trabajo, a las víctimas de la injusticia, y a todos los que sufren; es para ellos consuelo y sanación y para nosotros ejemplo que debemos seguir con prontitud.

Gracias por tus abrazos, tus besos y caricias, a los niños, a los jóvenes, a los enfermos y a los ancianos; las sentimos todos en nuestro corazón, y nos hacen pensar en la maravillosa ternura del amor de Dios.

Gracias, Papa Francisco, por darte entero en cada cosa que haces, en cada palabra que dices, en cada encuentro, en cada celebración; nos pone de presente la entrega misma de Jesús cada día de su corta vida en el mundo, a la causa del Reino de Dios que anunciaba con tanta pasión.

Gracias por insistir en decirnos de tantas maneras y con tanta coherencia, que el verdadero poder es el servicio, y que quien sirve con humildad a los demás, como tú lo haces cada día, es verdadero discípulo de Jesús.

Gracias por hablarnos de la cruz; nos ayuda a mantener los pies bien puestos sobre la tierra, y a aceptar con alegría y dignidad las circunstancias difíciles de la vida, de las que nadie puede escapar.

Gracias por la naturalidad con la que vives tu agenda de cada día, tus salidas del protocolo establecido, tu espontaneidad cuando estás con la gente; son una verdadera lección de vida para todos. Esperamos que nuestros gobernantes y dirigentes se sientan cuestionados por tu ejemplo y lo sigan.

Gracias por darle un nuevo rostro a la Iglesia en este tiempo de desconcierto, en el que el mundo necesita ejemplos claros y contundentes, testigos fieles de la verdad, modelos para seguir.

Gracias por hablarnos de la cultura del encuentro, tan necesaria hoy en todos los países  y en todos los ambientes.

Gracias por enviarnos a la calle para anunciar a todos con alegría y dinamismo, la Buena noticia de Jesús.

Gracias por dar a mi vida un nuevo impulso en la fe, la esperanza y el amor.

Estoy tratando de seguirte el paso en lo que me corresponde. No sé si lo lograré, o en qué medida lo haré; pero de todas maneras quiero caminar a tu lado, y con la Iglesia, este camino, que tú nos señalas, con los ojos puestos en Jesús.

Rezaré por ti todos los días.

Con cariño y respeto,

Matilde Eugenia Pérez Tamayo

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