A PROPÓSITO DEL MES DE MARÍA

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No me gustan las imágenes de María vestida con velos y brocados y adornada con corona de oro y piedras preciosas y anillos en los dedos, como si fuera una dama de la alta sociedad en una noche de fiesta o una reina de tiempos pasados.

Y tampoco aquellas en las que aparece altiva y sonriente como una modelo anunciando un producto de alta calidad, una reina de belleza, o una artista de cine en una gala de premios.

No corresponden a lo que ella fue. A lo que ella es y será eternamente. A lo que representa para quienes la conocemos y la amamos como Madre de Jesús, nuestro Dios y Salvador.

Me gustan las imágenes de María que nos muestran por qué Dios la amó desde el principio de los tiempos y la escogió como Madre de su Hijo Jesús. Las imágenes que nos permiten acercarnos a su realidad humana, y descubrir que fue una mujer de carne y hueso como nosotros.

Me gustan las imágenes de María que nos la presentan como una joven campesina de Nazaret, dulce y sencilla; las imágenes que la muestran como esposa fiel y cariñosa, al lado de José.

Me gustan las imágenes de María con cara de mamá tierna y delicada, sosteniendo a Jesús en sus brazos; y aquellas en las que aparece desempeñando las tareas del hogar. Nos ayudan a tomar conciencia de que para Dios vale más lo pequeño, lo débil, lo que parece poca cosa a los ojos del mundo.

Me gustan las imágenes de María que nos permiten ver en su rostro la pureza de su corazón; las que transparentan su fe, su esperanza y su profundo amor a Dios; las  que proclaman su sencillez, su humildad, y su pobreza de espíritu.

Me gustan las imágenes de María en oración profunda; son ejemplo y estímulo para quienes queremos parecernos a Jesús.

Me gustan las imágenes de María triste y llorosa, pero fuerte y valerosa, segura y confiada, al pie de la cruz de Jesús, acompañando con su amor y su fe, su sacrificio salvador.

Me gustan las imágenes de María que mira con amor el mundo en que vivimos, y a todos y cada uno de los hombres y mujeres que en él habitamos; y aquellas en las que abre sus brazos en gesto de acogida, invitándonos a poner nuestra vida, como ella, enteramente en las manos de Dios.

María es la mamá que nos enseña a ser fecundos,

a estar abiertos a la vida

y a ser cada vez más fecundos en el bien,

en la alegría, en la esperanza,

a no perder jamás la esperanza,

a donar a los demás vida física y espiritual”

Papa Francisco

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