EL EVANGELIO DEL DOMINGO – AÑO 2018 – CICLO B

 

EL EVANGELIO DEL DOMINGO

6 DE MAYO

SEXTO DOMINGO DE PASCUA

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:

– Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y Él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque Él permanece con ustedes y estará en ustedes.

– No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque yo vivo y también ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y yo en ustedes.

– El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él. (Juan 14, 15-21)

Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos.

Amar a Jesús no es decir muchas y muy bellas palabras.

Amar a Jesús no es repetir una y otra vez muchas y muy bellas oraciones.

Amar a Jesús es – como él mismo lo dice -, cumplir sus mandamientos, es decir, hacer realidad en nuestra vida de cada día, sus enseñanzas y su ejemplo de amor y de servicio, primero a Dios, su Padre y nuestro Padre, y en él y con él, a todas las personas que encontró en su camino, sin rechazar a nadie, sin excluir a nadie.

Pero ¿cómo podremos hacer esto, nosotros que somos débiles, y tantas veces pecamos?

La respuesta nos la da Jesús mismo: Yo rogaré al Padre, y Él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad…

El Espíritu Santo, enviado por el Padre y por Jesús, es nuestro nuevo compañero de camino.

Él nos guía y acompaña.

Él nos fortalece y nos anima.

Él nos protege de las insidias del demonio, y nos da el valor que necesitamos, para asumir en nuestra vida, cada día, todo lo que Jesús nos dijo, todo lo que Jesús nos enseñó.

El Espíritu Santo, que habita en nosotros desde el día de nuestro Bautismo, es nuestra luz y nuestra fuerza para seguir adelante, sin miedo, por el camino que Jesús nos señaló, el camino que es Jesús mismo, el único camino que nos conduce al Padre, meta de nuestra vida.

El Espíritu Santo, que habita en nosotros desde el día de nuestro Bautismo, es el fuego que nos purifica de nuestros pecados, el fuego que destruye nuestros vicios, el fuego que nos anima a luchar cada día por el bien y la verdad, en nuestra propia vida, y en el mundo.

El Espíritu Santo, que habita en nosotros desde el día de nuestro Bautismo, es el agua viva que calma nuestra sed de Dios, el agua viva, el agua de la vida, que hace que con su amor y su gracia, el bien crezca en nosotros y se manifieste en obras concretas de amor, en favor de todas las personas que viven a nuestro lado, especialmente de los más pobres y débiles.

El Espíritu Santo, que habita en nosotros desde el día de nuestro Bautismo, es el viento de Dios que sopla con fuerza, para que no nos detengamos, para vayamos siempre adelante, para que avancemos, para que crezcamos en nuestra vida de fe y en nuestras buenas obras.

Porque el cristiano, el discípulo de Jesús, no puede quedarse quieto en un solo lugar, haciendo las mismas cosas. El cristiano, el discípulo de Jesús, tiene que avanzar, tiene que crecer, tiene que ir siempre adelante, sin miedo, con decisión, construyendo el Reino de Dios, que Jesús nos anunció, con sus palabras y con su vida, buscando que el mundo sea un lugar mejor para todos y cada uno.

Porque el cristiano, el discípulo de Jesús, tiene que trabajar siempre por la paz, luchar por la justicia, buscar que el amor, el bien y la verdad, se establezcan en el mundo, para que la voluntad de Dios al crearnos sea una realidad palpable, activa y operante para todos.

El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él.

El llamado de Jesús, la promesa de Jesús, es para todos los hombres y todas las mujeres, de todos los tiempos y todos los lugares.

Pero cada cual decide lo que quiere hacer con su vida, porque Jesús respeta nuestra libertad.

Quien cree en él y lo sigue, debe hacerlo voluntariamente, con amor y valentía, con esfuerzo y decisión. Pero su recompensa será inmensa.

De eso podemos estar absolutamente seguros.

EL EVANGELIO DEL DOMINGO

29 DE ABRIL

QUINTO DOMINGO DE PASCUA

Jesús dijo a sus discípulos : – No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así se los habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar a donde voy.

Tomás le dijo: – Señor, no sabemos a dónde vas… ¿cómo vamos a conocer el camino?

Jesús le respondió: – Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto.

Felipe le dijo: – Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta.

Jesús le respondió: – Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras. Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo voy al Padre. (Juan 14, 1-12)

En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones… Yo voy a prepararles un lugar.

Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes.

La resurrección de Jesús de entre los muertos, es el comienzo del cumplimiento de esta promesa que hizo a sus discípulos – y en ellos a nosotros -, la noche de su última comida con los discípulos.

Jesús resucitado vive ahora en la gloria del Padre, “sentado a su derecha”, como lo proclamamos en el Credo, resumen de nuestra fe cristiana católica, y allí, junto con el Padre y el Espíritu Santo, nos espera, para “darnos un lugar”, para que vivamos eternamente con él, y compartamos su felicidad.

La muerte de Jesús fue una muerte real; una muerte como la de todos los hombres y mujeres del mundo; una muerte como un día – no sabemos cuándo, ni dónde, ni cómo -, tendremos que enfrentar también nosotros.

Una muerte real, pero no definitiva, como tampoco – gracias a él – será definitiva la nuestra. Porque Dios Padre, que lo resucitó, y de esta manera confirmó todo lo que había hecho en su vida, también nos resucitará a nosotros, y nos conducirá a su “casa”, donde seremos eternamente felices con Él.

Es hermoso pensar que gracias al sacrificio salvador de Jesús, todos tenemos “un lugar”, “una morada”, en la inmensa Casa del Padre, en el Corazón amoroso del Padre, que desea sobre todas las cosas, recibirnos y acogernos, junto a su Hijo amado, por toda la eternidad.

Pero para alcanzar esta plenitud de vida que Jesús nos prometió y anunció, con tanto amor y tanta dedicación, desde el primer instante de su encarnación en el seno virginal de María, y que el Padre está dispuesto a darnos, por los méritos de su Hijo, es preciso que abramos nuestra mente y nuestro corazón a sus enseñanzas y a su amor; que le permitamos ser en nuestra vida y para nuestra vida, lo que Dios Padre quiere que sea.

Porque Jesús es el único y verdadero Camino que nos conduce al Padre.

Jesús nos revela al Padre que es su Padre y nuestro Padre.

Jesús nos muestra el rostro del Padre y nos hace presente su amor siempre misericordioso y fiel.

Porque Jesús es la Verdad plena; la Verdad de Dios; la Verdad que destruye la mentira del demonio, que busca destruirnos; la mentira del pecado que nos ata, que nos esclaviza.

Jesús es Dios mismo que con su Verdad nos hace realmente libres, capaces de obrar el bien y de vivir en el amor.

Porque Jesús es la Vida verdadera, la que no tiene fin, la Vida en plenitud.

Jesús es la misma Vida de Dios, que es Vida eterna, y que le comunica a la nuestra – frágil y limitada por nuestra condición de criaturas -, una identidad propia que nada ni nadie podrá destruir jamás.

Jesús y el Padre son inseparables, porque Dios es uno.

Creer en el Padre es creer en Jesús, el Hijo, su Hijo.

Amar al Padre es amar a Jesús.

Acoger al Padre es acoger a Jesús.

Y viceversa…

Esta es nuestra fe.

Esta es la fe de la Iglesia, que nos alegramos de profesar.

Esta es la fe que da verdadero sentido a nuestra vida, aquí en el mundo, y la proyecta a la eternidad sin fin.

EL EVANGELIO DEL DOMINGO

22 DE ABRIL

CUARTO DOMINGO DE PASCUA

En aquel tiempo dijo Jesús: – Les aseguro que el que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino por otro lado, es un ladrón y un asaltante. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas. El guardián le abre y las ovejas escuchan su voz. Él llama a cada una por su nombre y las hace salir. Cuando las ha sacado a todas, va delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. Nunca seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen su voz.

Jesús les hizo esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir.

Entonces Jesús prosiguió: – Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos aquellos que han venido antes de mí son ladrones y asaltantes, pero las ovejas no los han escuchado.

– Yo soy la puerta. El que entra por mí se salvará; podrá entrar y salir y encontrará su alimento. El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir. Pero yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia. (Juan 10, 1-10)

Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas…

El que entra por mí se salvará…

Yo he venido para que las ovejas tengan Vida, y la tengan en abundancia…

Jesús es el Buen Pastor que nos conoce a cada uno y a cada una, personalmente; sabe nuestro nombre y nos ama tal como somos: con nuestras cualidades y nuestros defectos, nuestras fortalezas y nuestras debilidades, nuestras luces y nuestras sombras.

Jesús es la Puerta del aprisco donde él mismo nos reúne, para ponernos a salvo del enemigo, que con su astucia intenta desviarnos del camino que él nos señala.

Jesús es la Vida que se nos da gratuitamente; la Vida de Dios que se nos comunica en abundancia, generosamente; la Vida divina que fortalece nuestra propia vida, frágil y limitada; la Vida verdadera que nos enriquece y nos alienta a seguir adelante cada día, superando los retos del camino.

Con Jesús lo tenemos todo, y sin él no tenemos nada.

Sólo debemos aprender a descubrir su presencia siempre benévola, en los acontecimientos de nuestra historia personal.

Descubrir su presencia y escuchar su voz, que es dulce y suave, y nos susurra palabras de amor.

Descubrir su presencia, escuchar su voz, y seguir el camino que él nos indica, con la certeza de que al hacerlo, estamos caminando hacia la Casa del Padre, donde está la felicidad verdadera, que nos espera a todos.

Con Jesús lo tenemos todo, y sin él no tenemos nada.

Porque Jesús es la Luz que ilumina nuestras tinieblas.

Jesús es la Luz que derrota la oscuridad del pecado que hay en nosotros.

Jesús es la Luz que destruye todo lo que nos daña el alma.

Con Jesús lo tenemos todo, y sin él no tenemos nada.

Porque Jesús es el Camino que nos conduce al encuentro amoroso con el Padre.

Porque Jesús es la Verdad que nos hace personas libres, capaces de amar, de hacer el bien, de compartir con los otros, de ser fraternales y solidarios con los que sufren.

Con Jesús lo tenemos todo, y sin él no tenemos nada.

Porque Jesús es la Vida de nuestra vida.

Porque Jesús es el Amor, que nos ama y nos enseña a amar.

Porque Jesús es la Paz que anhelamos y buscamos con denuedo.

Porque Jesús es nuestra gran Esperanza.

Con Jesús lo tenemos todo, y sin él no tenemos nada.

Pero debemos abrir el corazón para recibirlo y para acogerlo.

Abrir el corazón para recibir y acoger los dones que nos trae.

Abrir el corazón para recibir y acoger el gran don que es él mismo y su salvación.

Jesús Resucitado,

Buen Pastor que nos conoces y nos amas como somos,

Puerta siempre abierta para llevarnos al Padre,

comunícanos tu Vida en abundancia,

y enséñanos a vivir como tú quieres que vivamos. Amén.

EL EVANGELIO DEL DOMINGO

15 DE ABRIL

TERCER DOMINGO DE PASCUA

Aquel día, el primero de la semana, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido.

Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: – ¿Qué comentaban por el camino?

Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: – ¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!

– ¿Qué cosa?, les preguntó Jesús.

Ellos respondieron: – Lo referente a Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras, delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro, y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron.

Jesús les dijo: – ¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él.

Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: – Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba.

Él entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista.

Y se decían: – ¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?

En ese mismo momento se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: – Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!

Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. (Lucas 24, 13-35)

Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: – Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba. Él entró y se quedó con ellos.

¡Quédate con nosotros, Señor!…

¡Quédate con nosotros hoy y siempre!

Camina a nuestro lado.

Escucha nuestros pesares.

Acompaña nuestros pasos cada día.

Ilumina con tu luz nuestro sendero,

que unas veces es llano, fácil de transitar,

pero otras, las más, torcido y pedregoso,

con cimas y cañadas, subidas y bajadas,

que nos hacen tropezar y caer.

¡Quédate con nosotros, Señor!

¡Quédate con nosotros hoy y siempre!

Camina a nuestro lado.

Escucha nuestros pesares.

Y no permitas que el miedo nos devore,

ni la angustia nos hunda

en el profundo abismo de la desesperanza,

de donde pocos vuelven.

¡Quédate con nosotros, Señor!

¡Quédate con nosotros hoy y siempre!

Acompaña nuestros pasos cada día.

Ilumina con tu luz nuestro sendero.

Enséñanos a ver lo que tus ojos ven.

Enséñanos a abrir el corazón al amor verdadero.

Enséñanos a amar con tu amor siempre nuevo,

que simplemente ama y se entrega,

sin poner condiciones, ni presentar excusas.

¡Quédate con nosotros, Señor!

¡Quédate con nosotros hoy y siempre!

Camina a nuestro lado.

Escucha nuestros pesares.

Haz que nuestro corazón arda como el tuyo,

en el fuego sagrado de tu Espíritu,

que es fuego que purifica y salva;

fuego de Amor,

fuego de Vida y Verdad,

fuego de Justicia y Santidad.

¡Quédate con nosotros, Señor!

¡Quédate con nosotros hoy y siempre!

Camina a nuestro lado.

Escucha nuestros pesares.

Acompaña nuestros pasos cada día.

Ilumina con tu luz nuestro sendero,

Condúcenos al Padre

que siempre nos espera con los brazos abiertos

para estrecharnos con fuerza,

y entregarnos su Amor, su Vida, y su Bondad.

¡Quédate con nosotros, Señor!

¡Quédate con nosotros cada día!

Quédate hoy, mañana, y siempre!

Amén.

8 DE ABRIL

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

DOMINGO DE LA MISERICORDIA

Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: – ¡La paz esté con ustedes!

Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.

Jesús les dijo de nuevo: – ¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: – Reciban el Espíritu Santo. A quienes ustedes les perdonen los pecados, les serán perdonados, y a quienes ustedes se los retengan, les serán retenidos.

Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le dijeron: – ¡Hemos visto al Señor!

Él les respondió: – Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no creeré.

Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: – ¡La paz esté con ustedes!

Luego dijo a Tomás: – Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe.

Tomás respondió: – ¡Señor mío y Dios mío!

Jesús le dijo: – Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!

Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatadas en este libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre (Juan 20, 9-31)

– ¡La paz esté con ustedes!…

He aquí el gran regalo que nos trae Jesús resucitado.

Primero a sus discípulos en aquel tiempo, y hoy a nosotros, los hombres y mujeres que creemos en él; los hombres y mujeres que tenemos nuestra confianza puesta en él.

La paz de Jesús es la paz del corazón; la paz del alma.

La paz que nos quita el miedo que paraliza.

La paz que calma la angustia que nos carcome por dentro.

La paz que destruye nuestra agresividad interior y exterior.

La paz que nos hace pacientes en las dificultades.

La paz de Jesús es la paz que nos comunica la alegría de ser, la alegría de existir, la alegría de vivir y compartir la vida con otros..

La paz que nos comunica la esperanza.

La paz que nos impulsa a creer y a amar con fuerza y decisión.

La paz que nos motiva a trabajar para construir un mundo mejor para todos.

¡La paz esté con ustedes!…

Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes…

Reciban el Espíritu Santo. A quienes ustedes les perdonen los pecados, les serán perdonados, y a quienes ustedes se los retengan, les serán retenidos.

La paz de Jesús es la paz de Dios.

La paz que aleja de nuestro corazón toda tristeza.

La paz que nos hace valientes para vivir y proclamar nuestra fe, en todos los momentos y circunstancias.

La paz que nos fortalece espiritualmente en nuestra lucha contra el mal y el pecado, que quieren dominarnos.

La paz que nos impulsa a ir siempre adelante, sin retroceder ante nada y ante nadie, llevando el bien como bandera.

La paz que nos motiva a amar y a servir a quienes nos necesitan.

La paz de Jesús es la paz de Dios, que tiene misericordia de nosotros y perdona todas nuestras culpas y pecados, y nos hace capaces de perdonar también nosotros.

La paz de Dios, que por la vida y la muerte de su Hijo, nos otorga la salvación definitiva.

Tomás, trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe.

Pero para recibir esa paz de Jesús, esa paz de Dios, que ha resucitado a su Hijo de entre los muertos, tenemos que creer.

Creer aunque no podamos ver; aunque no podamos tocar; aunque no podamos sentir.

Creer con una fe firme; con una fe valiente y decidida; con una fe profunda y cálida; con una fe alegre y humilde; con una fe que sepa gritar desde el fondo del corazón y con gran fuerza, como hizo Tomás: ¡Señor mío y Dios mío!

En las manos y en el costado de Jesús resucitado, están las llagas que atestiguan de manera clara y contundente, la entrega generosa de su vida por amor a nosotros.

En las manos y en el costado de Jesús resucitado, están las heridas que nos muestran cuánto nos ha amado y nos sigue amando el Padre, que nos ha dado a su Hijo como Salvador.

En las manos y en el costado de Jesús resucitado, está el lugar donde todas nuestras dudas son resueltas, todos nuestros temores son destruidos, todas nuestras heridas son sanadas, todos nuestras fragilidades son fortalecidas, y todos nuestros pecados son perdonados.

Sólo tenemos que mantener puestos en ellas, nuestros ojos y nuestro corazón humilde y confiado.

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EVANGELIO DEL DOMINGO

1 DE ABRIL

DOMINGO DE PASCUA

El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido quitada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: – Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto.

Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró.

Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte.

Luego entró el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos. (Juan 20, 1-9)

María Magdalena vio que la piedra estaba corrida y el cuerpo de Jesús no yacía en el sepulcro, y fue rápidamente a contárselo a Simón.

Simón Pedro fue hasta el sepulcro para comprobar personalmente la noticia que le habia llevado María Magdalena, y vio que las vendas en las que habían envuelto el cadáver del Maestro, estaban en el suelo; y que el sudario que había cubierto su cabeza estaba enrollado y colocado en un lugar aparte.

Juan, el discípulo amado de Jesús, corrió adelante de Pedro y tan pronto llegó al lugar, entró en la tumba… Vio lo mismo que había visto María Magdalena y lo que vería después Simón… ¡y creyó!…

Ni María Magdalena, ni Simón Pedro, ni Juan, se encontraron con Jesús en esta ocasión, pero creyeron. Aceptaron como un hecho cierto, que con Jesús había sucedido algo inusitado, sorprendente, infinitamente maravilloso…

La tumba abierta y vacía y las vendas y el sudario abandonados, les “dijeron” que Jesús no estaba allí porque ¡había resucitado!…

Es que Dios puede hacer cosas que los hombres no podemos hacer.

Dios puede hacer cosas que los hombres no podemos entender ni explicar.

Dios puede devolver la vida a quien ya ha muerto, más aún si este es su Hijo predilecto.

Porque Dios es el autor y dueño de la vida.

Porque Dios es la Vida misma.

Pero hay que tener fe para creerlo.

Hay que tener fe para aceptarlo aún sin comprenderlo.

Hay que tener fe para acogerlo sin tener la manera de comprobarlo.

Hay que tener fe para creer sin ver, sin tocar, sin oír, sin sentir…

¡Hay que tener fe!… Y la fe es un don de Dios.

Un don que Él nos regala con generosidad, si se lo pedimos.

Un don que llena el corazón y la vida de aquel que cree.

Un don que da sentido a todo lo que somos y lo que hacemos.

Un don que hay que cuidar para que no muera.

¡Hay que tener fe!…

Fe en Dios que es Padre, y en el amor infinito que siente por nosotros.

Fe en Jesús, en su persona y en su palabra, en su vida y en su muerte.

Él se lo había anunciado varias veces a sus dicípulos, aunque ellos no habían logrado entenderlo en su momento.

Les había dicho: “El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; lo matarán y a los tres días de haber muerto, resucitará” (Marcos 9, 31).

Y era verdad… ¡Así sucedió!… ¡Ellos eran testigos!

¿Cómo ocurrió?… No lo sabían… Sin embargo había sucedido y eso era lo importante.

¡Jesús había muerto. Lo habían matado de manera cruel e indignante; había sido sepultado, pero ahora estaba vivo!…

¡Su Abbá había dicho la última palabra, en aquella historia de amor y de dolor, de vida y salvación!….

¿Lo verían de nuevo?… ¿Dónde?… ¿En Galilea donde todo había comenzado?…

Habría que esperar para ver cuándo y cómo sería…

Por lo pronto un gran peso se les había quitado de encima.

Un peso tan enorme y pesado como la piedra con la que había sido sellada la tumba, que ahora se encontraba vacía.

EL EVANGELIO DEL DOMINGO

25 DE MARZO

DOMINGO DE RAMOS – EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

Cuando se aproximaban a Jerusalén, estando ya al pie del Monte de los Olivos, cerca de Betfagé y de Betania, Jesús envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: – Vayan al pueblo que está enfrente y, al entrar, encontrarán un asno atado, que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo; y si alguien les pregunta: “¿Qué están haciendo?”, respondan: “El Señor lo necesita y lo va a devolver enseguida”.

Ellos fueron y encontraron un asno atado cerca de la puerta, en la calle, y lo desataron. Algunos de los que estaban allí les preguntaron: – ¿Qué hacen? ¿Por qué desatan el asno?. Ellos respondieron como Jesús les había dicho y nadie los molestó. Entonces le llevaron el asno, pusieron sus mantos sobre él y Jesús se montó.

Muchos extendían sus mantos sobre el camino; otros lo cubrían con ramas que cortaban en el campo. Los que iban adelante y los que seguían a Jesús, gritaban: – ¡Hosana! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito sea el Reino que ya viene, el Reino de nuestro padre David! ¡Hosana en las alturas! (Marcos 11, 1-10)

Jesús no busca honores ni alabanzas; nunca los ha buscado y tampoco lo hace ahora; pero quienes se encuentran con él en esta circunstancia especial de su vida, sienten la necesidad de aclamarlo como aquel que viene en nombre de Dios.

Y es que la verdad de Jesús se impone por sí misma, aunque muchos no quieran reconocerla ni aceptarla, en aquel tiempo y en el nuestro.

Jesús es el Mesías, el Ungido de Dios, el nuevo Rey de Israel, pero quienes lo siguen y lo vitorean entrando en Jerusalén, la Ciudad Santa, no saben aún que su reinado es un reinado esencialmente distinto al de los demás reyes de la tierra.

El reinado de Jesús se da en el mundo, pero no es del mundo. Porque no es un reinado en el que lo que interese sea el poder ejercido y apoyado en la fuerza del dinero o en la fuerza de las armas.

Jesús es Rey a la manera de Dios, que piensa de otro modo, que tiene otra manera de ver las cosas, de sentir las cosas, de hacer las cosas.

Jesús es Rey a la manera de Dios, que nos invita a su Reino de amor, pero nos da la libertad para decidir si lo aceptamos o no, si queremos o no que Él sea el Rey y Señor de nuestras vidas.

Jesús es Rey a la manera de Dios, por eso no busca ni quiere ser honrado con dones materiales, que hoy son y mañana no, o con aplausos y alabanzas que cuando terminan dejan un profundo vacío interior.

Jesús es Rey a la manera de Dios, y por eso no pretende riquezas, ni honores o consideraciones especiales. Lo único que le interesa realmente es que le entreguemos nuestro corazón.

El Reino de Jesús es un Reino en el que la vida de cualquier ser humano es infinitamente valiosa.

Un Reino en el que las personas son importantes por sí mismas y no por lo que saben o por lo que poseen.

Un Reino en el que los más débiles ocupan – o deben ocupar – el lugar más importante.

Un Reino en el que los pobres deben ser acogidos con amor y atendidos con esmero y prontitud en sus necesidades.

El Reino de Jesús, el reinado de Jesús, es un reinado donde la paz es el anhelo más grande, y todos trabajamos para conseguirla.

Donde la justicia es el camino más firme y seguro para alcanzar esa paz que deseamos y buscamos.

Donde todos podemos vivir en libertad y con libertad.

Donde la verdad triunfa siempre sobre la mentira.

Donde la bondad y el amor son el pan de cada día.

El Reino de Jesús es el Reino de Dios.

El Reino donde Dios es el centro, y el fin último de todo pensamiento y de toda acción.

El Reino donde el bien triunfa definitivamente sobre el mal, la vida triunfa sobre la muerte, la gracia triunfa sobre el pecado.

El Reino de Jesús es el Reino de Dios, en cuya construcción participamos todos los hombres y mujeres de buena voluntad, en el respeto, la fraternidad y la solidaridad mutua.

El Reino de Jesús es el reinado de Dios en los corazones que aman con pasión y sirven con humildad a todos, como Él mismo nos ha amado y servido desde siempre y por siempre.

EL EVANGELIO DEL DOMINGO

18 DE MARZO DE 2018

QUINTO DOMINGO DE CUARESMA – CICLO B

Entre los que habían subido para adorar durante la fiesta, había unos griegos que se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron: – Señor, queremos ver a Jesús.

Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús. Él les respondió: – Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra, no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida, la perderá, y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna. El que quiera servirme, que me siga y donde yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre. Mi alma ahora está turbada. ¿Y qué diré: – Padre, líbrame de esta hora? ¡Si para esto he llegado a esta hora! ¡Padre, glorifica tu Nombre!

Entonces se oyó una voz del cielo: “Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar”. La multitud que estaba presente y oyó estas palabras, pensaba que era un trueno. Otros decían: “Le ha hablado un ángel”. Jesús respondió: – Esta voz no se oyó por mí sino por ustedes. Ahora ha llegado el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será arrojado fuera, y cuando yo sea levantado en lo alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. (Juan 12, 20-33)

Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado…

Ha llegado la hora, ya está muy cerca, el momento en el que Jesús – el Hijo del hombre – revelará a todos la única y verdadera razón de su encarnación…

Ha llegado la hora, ya está muy cerca, el momento en el que el proyecto salvador del Padre será cumplido a plenitud…

Si el grano de trigo que cae en la tierra, no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto.

Jesús es ese grano de trigo que cuando cae en la tierra, muere. Ese grano de trigo que cuando muere a sí mismo y entrega su vida por amor, germina, y produce una cosecha hermosa y abundante en sus frutos.

Jesús es ese grano de trigo que cuando cae en la tierra, muere. Ese grano de trigo que se olvida de sí mismo, de sus propios deseos, de sus intereses particulares, cae en tierra, muere, germina, y llena el mundo con los dones de su amor y de su salvación.

Su gloria – la gloria de Jesús, el grano de trigo que muere -, es, precisamente, la entrega voluntaria y generosa de su vida, en las manos amorosas del Padre, para que pase lo que tiene que pasar, para que todos los hombres y todas las mujeres del mundo tengamos vida, y la tengamos en abundancia.

El que tiene apego a su vida, la perderá, y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna.

Jesús es consciente de que los acontecimientos que están próximos a suceder serán difíciles para él, pero sabe también que es precisamente para eso que está por ocurrir, por lo que ha venido al mundo. Entregar su vida con amor y por amor, es la misión que le fue encomendada, y quiere cumplirla a cabalidad, con coherencia y fidelidad, seguro de que el Padre, su Padre, que se lo ha pedido, sabe lo que hace y por qué lo hace.

Cuando yo sea levantado en lo alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí.

La gloria de Jesús será su cruz elevada sobre el Gólgota.

En ella realizará plena y amorosamente el don de sí mismo a Dios.

En ella y por ella, todos los hombres y mujeres de la tierra seremos liberados de nuestros pecados de muerte, y regalados con una nueva vida, una que es para siempre: la Vida eterna, que es participación en la Vida de Dios.

Parece una contradicción, pero no lo es.

Jesús crucificado es también Jesús glorificado.

Jesús humillado es Jesús exaltado, Jesús elevado sobre la tierra, para bien de la humanidad.

Jesús muerto en la cruz, como un delincuente cualquiera, es el comienzo de una nueva vida para todos, la verdadera Vida, la Vida eterna, la Vida en Dios, la Vida con Dios.

Es el regalo más grande que Dios pudo habernos dado:

La vida de su Hijo, vivida y entregada con amor y por amor.

La vida de su Hijo, que se abajó, se humilló para servirnos a nosotros, pecadores.

La vida de su Hijo que se hizo don y por ello fue glorificado por el Padre para siempre, con la resurrección.

11 DE MARZO DE 2018

CUARTO DOMINGO DE CUARESMA – CICLO B

Dijo Jesús: – De la misma manera que Moisés levantó en lo alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en lo alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.

Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que obra conforme a la verdad, se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas según Dios. (Juan 3, 14-21)

Creer en Jesús.

Reconocerlo como el Hijo único de Dios, hecho hombre.

El Enviado del Padre. Su Ungido.

Creer en Jesús, y aceptarlo como nuestro Señor y nuestro Salvador.

Creer en Jesús, y acogerlo en nuestro corazón y en nuestra vida, con todo lo que él es y significa.

Creer en Jesús y creer a Jesús.

Creer en su persona y en la misión que Dios Padre le encomendó, y creer también en su palabra, en lo que nos dice, en su mensaje de amor y de salvación.

Creer en Jesús, en lo que dice, y creer también en sus obras, en lo que hace.

Creer en Jesús.

Reconocerlo como la Luz del mundo, que derrota las tinieblas del pecado.

Aceptarlo como la Luz de la Verdad que ilumina el camino de todo hombre y de toda mujer que viene a este mundo.

Acogerlo con alegría y entusiasmo, en nuestro corazón y en nuestra vida, dispuestos a escuchar su palabra, y seguir sus enseñanzas y su ejemplo.

Creer en Jesús y agradecer al Padre el amor que nos da en su persona y en su vida; en su pasión, en su muerte, y en su gloriosa resurrección.

Creer en Jesús y creer a Jesús, porque él es “el amor de Dios hecho carne”.

Carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre.

Creer en Jesús y creer a Jesús, porque su mensaje es un mensaje de amor y de vida, de libertad y de justicia, de esperanza y de paz.

Creer en Jesús y creer a Jesús, porque sus palabras son palabras de Vida eterna.

Creer en Jesús y creer a Jesús, pero creer de verdad.

Creer con alegría y decisión.

Creer con entusiasmo, con pasión.

Creer con valentía. Sin miedo a nada ni a nadie.

Creer con el alma y con el cuerpo. Con la carne y con la sangre.

Creer como creen tantos hombres y mujeres que hoy están entregando su vida por él, gastándola en el servicio humilde y generoso a los más pobres y débiles de la sociedad, en distintos lugares de la tierra.

Creer como creen todos aquellos mártires, que hoy, en pleno siglo XXI, a lo largo y ancho del mundo, pero particularmente en el Medio Oriente, en Africa, en China, derraman su sangre por defender su fe en él, su amor a él y a su mensaje.

 

4 DE MARZO DE 2018

TERCER DOMINGO DE CUARESMA – CICLO B

Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas, sentados delante de las mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los hechó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas y derribó sus mesas, y dijo a los vendedores de palomas: – Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi padre una casa de comercio. Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: “El celo de tu Casa me consumirá”.

Entonces los judíos le preguntaron: -¿Qué signo nos das para obrar así? Jesús les respondió: – Destruyan este Templo y en tres días lo volveré a levantar. Los judíos le dijeron: – Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días? Pero él se refería al templo de su cuerpo. Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.

Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua, muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba. Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba que lo informaran acerca de nadie: él sabía lo que hay en el interior del hombre. (Juan 2, 13-25)

El sabía lo que hay en el interior del hombre.

Jesús sabe lo que hay en la mente y en el corazón de cada persona; en la mente y en el corazón de cada hombre y de cada mujer.

Jesús sabe lo que hay en tu mente y en tu corazón y también en mi mente y en mi corazón.

Ante él es imposible fingir ser lo que no somos, decir que pensamos lo que no pensamos, afirmar que amamos lo que no amamos, asegurar que sentimos lo que no sentimos, que creemos lo que no creemos.

Jesús nos conoce perfectamente – a cada uno -. por dentro y por fuera, y sabe de qué estamos hechos; conoce nuestras capacidades y puntos fuertes, y nuestras debilidades y limitaciones, como seres humanos, y como personas concretas.

Jesús sabe perfectamente hasta dónde somos capaces de llegar por amor a él; qué estamos dispuestos a sacrificar para agradarle; a qué podemos renunciar para seguirlo con prontitud y fidelidad, poniendo en práctica en nuestra vida sus enseñanzas y su ejemplo.

Jesús sabe todo de nosotros. Nos conoce por nuestro nombre y nos ama personalmente, individualmente.

Jesús nos conoce y nos ama como somos, pero quiere que no nos engañemos a nosotros mismos intentando aparentar ser distintos. Y también, que no nos quedemos instalados en la comodidad de una vida mediocre, sino que avancemos cada día, que busquemos ser mejores en todo sentido.

Jesús quiere que saquemos de nuestro corazón todo aquello que de alguna manera constituye un estorbo o un obstáculo en nuestra relación con él y con el Padre. Que rechacemos con fuerza y valor todo aquello que de algún modo constituye una afrenta a su Verdad, a su Santidad, a su Justicia, a su Bondad, a su Amor.

Jesús quiere que nos liberemos de todo aquello que por alguna razón nos separa de las personas – hombres y mujeres -, que comparten su vida con nosotros, y también nuestras fragilidades y falencias.

Como sucedió aquel día en el Templo de Jerusalén, profanado por los vendedores y los cambistas, que habían olvidado el respeto debido a la Casa de Dios, y a su presencia en medio de ellos, Jesús desea de todo corazón, que nos purifiquemos interiormente de todo aquello que por una razón o por otra, nos impide ser lo que tenemos que ser, lo que estamos llamados a ser, como hijos e hijas de Dios, creados a su imagen y semejanza, amados por el Padre con un amor infinitamente misericordioso.

Jesús nos invita hoy, de un modo muy especial, a mirar con detenimiento nuestra vida; a examinar nuestra manera de ser y nuestra manera de actuar, nuestros pensamientos, nuestras palabras, nuestras obras y nuestras omisiones, para cambiar lo que haya que cambiar, de tal manera que, poco a poco, tan lentamente como sea necesario, pero siempre con seguridad y decisión, vayamos haciéndonos verdaderos discípulos suyos, y misioneros de su amor en medio del mundo en el que vivimos.

25 DE FEBRERO DE 2018

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA – CICLO B

Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a Juan, y los llevó a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.

Pedro, dijo a Jesús: – Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Pedro no sabía qué decir porque estaban llenos de temor.

Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: “Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo”. De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos.

Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibío contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban que significaría “resucitar de entre los muertos”. (Marcos 9, 2-10)

Una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz – era la voz del Padre que decía: “Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo”.

El episodio de las tentaciones nos hizo presente la perfecta humanidad de Jesús.

El episodio de la transfiguración nos manifiesta de manera clara y contundente, su perfecta divinidad.

Es Dios mismo quien da su testimonio de Jesús, para que sus discípulos no tengan dudas: Jesús, el profeta de Nazaret, el Maestro itinerante que va de pueblo en pueblo, anunciando el reinado de Dios; que habla con pecadores y come con ellos; que cura a los enfermos que se acercan a él con fe; que bendice y acaricia a los niños; que trata a las mujeres con respeto, y permite que lo toquen, lo sigan, y se sienten a escucharlo junto con los hombres… Es su Hijo amado, su Hijo predilecto, su Ungido, su Mesías, su Enviado, el Salvador prometido desde tiempos antiguos, y anunciado por los profetas con insistencia.

Jesús es el Hijo predilecto de Dios, y trae un mensaje al mundo, por eso, ellos, sus discípulos de entonces, deben escuchar sus palabras, poner atención a lo que dice y cómo lo dice, a las obras que realiza.

Por eso, ellos, sus discípulos de aquel tiempo, deben creer en él, poner en él toda su confianza, toda su seguridad, con la certeza de que no serán defraudados. Y lo mismo tenemos que hacer nosotros sus discípulos y seguidores de hoy, porque el eco de las palabras del Padre sigue resonando en el mundo, aunque ya han pasado más de 2.000 años desde aquel día: “Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo”.

Jesús es el Hijo amado de Dios, su Hijo encarnado, su Hijo predilecto. Jesús es el Enviado de Dios a los hombres y mujeres, de todos los tiempos y todos los lugares. Jesús es el Salvador de la humanidad entera. Tenemos que creerlo con todo el corazón y con toda la vida. Tenemos que acogerlo como nuestro único y verdadero Liberador.

De la boca de Jesús salen siempre palabras de Verdad, palabras de Amor y de Perdón palabras de Paz y de Justicia. palabras de Vida y Esperanza, que nosotros debemos escuchar.

De la boca de Jesús salen siempre palabras que iluminan nuestra conciencia; palabras que llegan al corazón; palabras que sanan las heridas del alma; palabras que motivan al bien y la bondad; palabras que liberan del mal y del pecado.

Las palabras de Jesús son palabras para oír con atención; palabras para leer cada día; palabras para pensar, para meditar detenidamente; palabras para contemplar y profundizar; palabras para asumir, para hacer realidad en obras concretas de amor y de servicio.

Las palabras de Jesús son palabras para repetir una y otra vez, sin cansarnos; palabras para proclamar con voz fuerte y segura; palabras para hacer resonar en el corazón de otros; palabras para comunicar con entusiasmo y alegría; palabras para compartir.

Las palabras de Jesús son palabras que siempre dicen lo que tienen que decir. Palabras vivas y eficaces. Palabras que permanecen actuales, aunque pase el tiempo… Porque son palabras de Dios, que habla con amor al corazón de sus hijos, … que habla a nuestro corazón diciéndonos: “Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo”.

18 DE FEBRERO DE 2018

PRIMER DOMINGO DE CUARESMA – CICLO B

En aquel tiempo, el Espíritu llevó a Jesús al desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por Satanás. Vivía entre las fieras y los ángeles le servían.

Después que Juan fue arrestado, se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: – El tiempo se ha cumplido; el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia. (Marcos 1, 12-15)

Jesús es el Hijo de Dios, y por lo tanto, es verdadero Dios como su Padre.

Pero además, encarnado en el seno virginal de María, es también verdadero hombre como nosotros.

Jesús es un ser humano pleno, un hombre perfecto en su humanidad, y como tal, es susceptible de ser tentado, es decir, de ser invitado a alejarse del bien y realizar el mal.

Lo dicen clara y explícitamente los evangelios, para que no tengamos dudas.

Después de haber recibido el bautismo de Juan, y ser confirmado por el Padre y el Espíritu Santo como el Hijo predilecto de Dios, Jesús fue llevado al desierto – que para los israelitas era el lugar de la prueba -, y allí fue tentado por Satanás.

Satanás, el Adversario, el Príncipe de este mundo, el Demonio, el Diablo, el Maligno, como queramos llamarlo, se enfrentó a él y con su astucia intentó desviarlo de la misión que Dios Padre le había confiado, pero no lo logró.

Jesús lo venció con la fuerza que Dios Padre y el Espíritu Santo le comunicaban.

Y esto no ocurrió en una sola ocasión. La que describe el pasaje del Evangelio de hoy.

Sucedió muchas veces, en diferentes circunstancias y de distintas maneras.

¡Pero Jesús ganó siempre la batalla!

Porque Dios y el bien son, definitivamente, más fuertes que el demonio y el mal, aunque algunas veces nos parezca lo contrario.

Jesús fue tentado por Satanás, pero no pecó.

No se desvió del camino del amor, de la humildad, de la coherencia y la fidelidad, de la entrega generosa, del servicio a los pobres y abandonados, de la verdad y la justicia, que Dios Padre le indicó como el camino apropiado para realizar su tarea en el mundo.

Jesús venció a Satanás y sus insidias. Y lo hizo no porque era – porque es – Dios; o porque tenía – porque tiene – un “poder divino”; sino también – y de una manera muy especial -, porque vivió su vida de Hijo, como una entrega total y perfecta a la Voluntad de su Padre, a lo que Dios quería y esperaba de él.

Jesús venció a Satanás como Dios que era – que es –, y también como hombre, como ser humano pleno.

Jesús venció a Satanás, que es homicida, mentiroso, y siempre trata de engañarnos, (cf. Juan 8, 44), porque con su oración y su práctica del bien, a lo largo de su vida, se hizo fuerte y ágil para vencerlo.

Jesús venció a Satanás de manera definitiva, porque a eso precisamente, fue a lo que vino a nuestro mundo: a liberarnos de una vez por todas, de la esclavitud a la que nos conduce el pecado en el que caemos inducidos por el demonio; a liberarnos de la muerte definitiva que el pecado conlleva.

Jesús venció a Satanás, instaurando en el mundo el Reino de Dios, el reinado de Dios, la soberanía de Dios, en el corazón de cada persona y en la sociedad entera.

El Reino de Dios, el reinado de Dios, la soberanía de Dios, que es amoroso y tierno con todas sus criaturas y siempre quiere para nosotros el bien.

Igual que Jesús, también nosotros somos tentados por Satanás, a lo largo de nuestra vida.

Tentados muchas veces y de muchas y muy diferentes maneras.

Pero, como él, podemos vencer la tentación, las tentaciones, fortalecidos por la gracia de Dios que nos ama infinitamente, enriquecidos por el don del Espíritu Santo que habita en nosotros desde el día en el que fuimos bautizados, guiados por el ejemplo del Señor.

Todos podemos vencer, como Jesús lo hizo, la tentación de hacer las cosas a nuestro modo, y vivir nuestra vida siguiendo sólo nuestros propios deseos y caprichos, para vivirla a la manera de Dios que es humilde, generoso, compasivo y misericordioso.

Todos podemos vencer, como Jesús lo hizo, la tentación de vivir nuestra vida buscando adquirir poder, prestigio, bienes económicos, goces y placeres de todo tipo, sea como sea, tal y como nos propone el mundo en el que vivimos, para preocuparnos más por amar a quienes viven a nuestro alrededor; por servir con humildad y diligencia a quienes necesitan ser ayudados, servidos, acompañados, animados, protegidos, en su vida y en sus anhelos.

Todos podemos vencer, como Jesús lo hizo, la tentación de vivir nuestra vida en la comodidad egoista del sofá de nuestra casa, para vivirla trabajando con decisión y valentía, en la difícil tarea de erradicar de nuestra vida personal y de la sociedad en general, las injusticias que hacen tanto daño a las personas, y construir la paz en el servicio y la colaboración, el respeto a los derechos de los otros, y la armonía en las relaciones mutuas, tal y como es el deseo de Dios y como necesita con urgencia la humanidad.

EL EVANGELIO DEL DOMINGO

11 DE FEBRERO DE 2018

SEXTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: – Si quieres, puedes limpiarme. Sintiendo lástima, Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo:
– Quiero: queda limpio. Y la lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.

Entonces Jesús lo despidió, encargándole severamente: – No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.

Pero cuando el leproso se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aún así acudían a él de todas partes. (Marcos 1, 40-45)

Señor, hoy vengo a tu presencia, humilde y contrito,

como el leproso del Evangelio,

a pedirte de rodillas, con toda la fe de la que soy capaz,

que limpies mi corazón y mi vida

de todos los pecados que he cometido a lo largo de mis años.

Límpiame, Señor, purifícame, perdóname, sáname,

con tu amor compasivo y misericordioso.

Y sana también las heridas que he causado,

con mi comportamiento equivocado,

en el corazón y la vida de las personas

que Tú mismo, en tu infinita bondad,

pusiste a mi lado.

Límpiame, Señor… Purifícame… Sáname…

De toda vanidad, de toda soberbia, de todo egoísmo,

que cierran mi corazón y mi vida a Ti y a los demás.

Límpiame, Señor… Purifícame… Sáname…

De todo odio, de todo resentimiento, de toda violencia,

que me destruyen por dentro, casi sin que yo mismo me dé cuenta.

Límpiame, Señor… Purifícame… Sáname…

De toda mentira, de toda maledicencia, de toda hipocresía,

que interfieren gravemente en mi relación Contigo

y con las personas que me rodean y me necesitan

Límpiame, Señor… Purifícame… Sáname…

De toda injusticia, de toda codicia, de toda impureza.

que ofende gravemente mi dignidad personal,

y la dignidad de aquellos con quienes me relaciono.

Límpiame, Señor… Purifícame… Sáname…

De todo mal pensamiento,

de todo mal sentimiento,

de toda palabra dañina,

de toda acción ofensiva,

de toda omisión injusta y destructiva.

Dame, Señor, un corazón nuevo.

Un corazón manso y humilde como el tuyo.

Un corazón libre y abierto,

capaz de desprenderse de sí mismo y de sus propias deseos,

y amar sin condiciones

a todos los hombres y mujeres del mundo, cercanos y lejanos.

Dame, Señor, un corazón limpio, purificado por tu amor y tu gracia.

Un corazón sano y fuerte, que luche con valor y alegría

contra el mal y el pecado que me dañan por dentro

y me alejan de tu amor y tu bondad,

tu gracia y tu bendición.

Límpiame, Señor… Purifícame… Sáname… Perdóname…

como sólo Tú sabes hacerlo.

Amén.

 

4 DE FEBRERO DE 2018

QUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Entonces se le pasó la fiebre y se puso a servirles.

Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos de diversos males; y como los demonios lo conocían no les permitía hablar.

Al otro día se levantó de madrugada, se fue al descampado y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron a buscarlo, y al encontrarlo le dijeron: – Todo el mundo te busca. Él les respondió: – Vamos a las aldeas cercanas para predicar también allí; que para eso he venido.

Así recorrió toda Galilea, predicando el las sinagogas y expulsando a los demonios. (Marcos 1, 29-39)

La suegra de Simón estaba en cama con fiebre… Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Entonces se le pasó la fiebre y se puso a servirles…

Jesús es médico del cuerpo y del alma.

Devuelve la vitalidad a nuestros miembros cansados, y la lucidez a nuestro espíritu adormecido.

Nos toma de la mano con suavidad, y nos ayuda a ponernos de pie para enfrentar nuestra realidad; nos levanta con la fuerza de su amor compasivo y su bondad infinita.

Jesús nos “toca”, y al tocarnos nos comunica su entusiasmo y su vigor.

Regenera nuestro ser y da un nuevo impulso a nuestra vida.

Tiene poder para hacerlo, y lo hace con delicadeza, con pasión.

Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados… Curó a muchos de diversos males.

Jesús cura nuestras enfermedades físicas y espirituales.

Y nos libera de los demonios que nos atacan en distintos momentos y de diferentes maneras.

Expulsa de nuestra mentey de nuestro corazón, los demonios de la angustia, el miedo, la amargura, la indecisión, la inseguridad, los sentimientos de culpa, los resentimientos, los odios y rencores, que nos carcomen por dentro y nos hacen la vida tan dificil.

Y al hacerlo, nos infunde ánimo, fuerza, valor, entusiasmo, alegría de vivir, seguridad, confianza, esperanza.

Sólo nos pide que tengamos fe, que creamos en él, que confiemos en él, con humildad y decisión.

Que pongamos todo lo que somos y tenemos, todo lo que necesitamos y anhelamos, en sus manos amorosas.

Que escuchemos su palabra, que es palabra de verdad y de vida.

Que nos dejemos iluminar por su luz, que no tiene ocaso.

Que nos dejemos acariciar por su amor y su ternura.

Que hagamos con prontitud y decisión lo que nos pide, que es siempre para nuestro bien.

Curados por Jesús, sanados en el cuerpo y en el alma; regenerados, renovados, renacidos, somos llamados a servir a los otros, como la suegra de Pedro, y a comunicarles en nuestro servicio, la Vida nueva, la Vida renovada y renovadora, que hemos recibido, para que todos juntos, en colaboración, nos hagamos felices unos a otros, con la verdadera y única felicidad que permanece: la que viene de Dios y él nos comunica, y podamos vivir así, una vida plenamente humana, como la vivió él mismo, en su encarnación.

Que Dios abra nuestra mente y nuestro corazón, para que este Evangelio – Buena noticia de salvación, se haga realidad en nosotros, como se hizo realidad en aquel tiempo.

28 DE ENERO DE 2018

CUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

En aquel tiempo, se hallaba Jesús en Cafarnaúm y el sábado fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Los oyentes quedaron asombrados de sus palabras, pues enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.

Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: – ¿Qué quieres tú con nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios. Jesús le ordenó: – ¡Cállate y sal de él! El espíritu inmundo, sacudiendo al hombre con violencia y dando un alarido, salió de él.

Todos quedaron estupefactos y se preguntaban: – ¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es ésta? Este hombre tiene autoridad para mandar hasta a los espíritus inmundos y lo obedecen. Y muy pronto se extendió su fama por toda Galilea. (Marcos 1, 21-28)

Jesús habla con autoridad.

Jesús obra con autoridad.

Jesús tiene autoridad para decir lo que dice y para hacer lo que hace.

Una autoridad que no se confiere a sí mismo, sino que le viene de Dios,

porque es Dios quien habla y actúa a través de él.

Jesús habla y actúa con la autoridad que Dios Padre le ha dado.

Con el poder que Dios Padre ha puesto en sus palabras y en sus acciones.

Con la autoridad y el poder propios de su condición de Hijo encarnado de Dios, y verdadero Dios como su Padre.

Pero el poder y la autoridad que Jesús ostenta no son un poder y una autoridad avasalladores.

No son un poder y una autoridad que se imponen al ser humano por la fuerza.

No son un poder y una autoridad que subyugan, que dominan, que destruyen la libertad humana.

El poder y la autoridad de Jesús nacen en el corazón de Dios Padre, que es infinitamente bueno, compasivo y misericordioso con todos los hombres y mujeres del mundo.

El poder y la autoridad de Jesús son una manifestación clara de que el bien, que procede de Dios, es más fuerte que el mal, que viene del maligno.

El poder y la autoridad de Jesús son la presencia activa del amor que Dios siente por cada uno de nosotros.

El poder y la autoridad de Jesús son el amor de Dios que sana nuestras heridas; el amor de Dios que nos libera de todas nuestras ataduras; el amor de Dios que nos rescata del poder del mal; el amor de Dios que nos da a conocer el bien y la verdad, y quiere que vivamos nuestra vida a plenitud..

Acudamos a este poder y a esta autoridad de Jesús, cada día, y pidámosle con fe, que de la misma manera que actuó sobre aquel hombre que estaba poseído por un espíritu inmundo – como nos refiere el Evangelio -, actúe también en favor nuestro, y nos ayude a vencer el mal que se hace presente en nuestra vida de tantas maneras, con la bondad y la gracia que él derrama sobre nosotros. Su bondad y su gracia, que son para nosotros y para todos los que creen en él, la única y verdadera salvación.

ENERO 21

TERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – CICLO B

Después de que arrestaron a Juan el Bautista, Jesús se fue a Galilea y proclamaba la Buena Nueva de Dios; decía: “Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia”.

Caminaba Jesús por la orilla del lago de Galilea, cuando vio a Simón y a su hermano, Andrés, echando las redes en el lago, pues eran pescadores. Jesús les dijo: “Síganme y haré de ustedes pescadores de hombres”. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante, vio a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que estaban en una barca, remendando sus redes. Los llamó, y ellos, dejando en la barca a su padre con los trabajadores, se fueron con Jesús. (Marcos 1, 14- 20)

Las primeras palabras de Jesús son claras y contundentes: “Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios ya está cerca…”

Ha llegado el momento que todos esperaban, el tiempo que habían anunciado los profetas ha comenzado.

Las promesas que Dios había hecho a su pueblo, van a empezar a cumplirse.

Dios mismo viene en persona para establecer su Reino en el mundo, para ejercer su soberanía en medio de los hombres y de los pueblos.

Hay que disponer el corazón y la vida para recibirlo y acogerlo como se merece.

“Conviértanse y crean en la Buena Noticia”.

Lo primero es, sin duda, tomar conciencia de que frente a Dios todos somos pecadores. Reconocer nuestros pecados, arrepentirnos de ellos, y empezar a vivir una nueva vida, con una nueva mentalidad, con un corazón renovado.

Lo segundo, decidirnos a creer que la presencia de Dios en medio de nosotros y con nosotros – en la persona de Jesús -, es una buena noticia, una hermosa noticia, una bella realidad que llena nuestro corazón de alegría, y nuestra vida de esperanza, y de paz.

El pasado ya no existe. Se ha ido para siempre.

Es necesario pasar la página y abrir la mente y el corazón a la novedad de Dios que siempre nos sorprende.

Abrir la mente y el corazón a Jesús en quien y por quien Dios viene a vivir en medio de nosotros y con nosotros.

Abrir la mente y el corazón a sus palabras, a sus gestos, a su vida entera.

Mirar lo que hace y cómo lo hace.

Escuchar lo que dice y cómo lo dice.

Permitir que su vida nos cuestione.

Que sus palabras nos hagan pensar.

Que ninguna acción suya nos deje indiferentes.

Se ha cumplido el tiempo.

El Reino de Dios ya está aquí.

Dios está en medio de nosotros y con nosotros.

Tenemos que darle el lugar que le corresponde en nuestro corazón.

Tenemos que abrir nuestra vida a su amor y su bondad.

Sólo él puede llenar nuestros vacíos y dar pleno sentido a nuestras alegrías y nuestras tristezas; a nuestras victorias y a nuestras derrotas; a lo que somos y a lo que hacemos.

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